| ANA GAITERO-LEÓN Efrén Alonso Llamazares ha pasado de ser el enfermo descarriado al paciente modélico. Tiene 37 años y va a cumplir uno desde que empezó su nueva vida. Independizarse de su familia es la última ‘medicina' que le recetaron para aprender a vivir con su enfermedad mental después de dejar las drogas. Fue politoxicómano durante diez años, uno de los detonantes y agravantes de su enfermedad mental. «No iba a estar toda la vida con mis padres. Ahora no bebo y razono mucho mejor. En ningún sitio me han tratado como aquí». Es el resumen de su nueva vida.
Efrén era un paciente difícil. Indisciplinado con las medicinas, imprescindibles para su estabilidad mental. Tenía continuas recaídas. Mezclaba las pastillas con el alcohol, no llevaba una vida ordenada y vivía acosado por las deudas. «Era un caso claro: en su domicilio no había posibilidad de éxito terapéutico», afirma Marta González Marcos, enfermera psiquiátrica del equipo de salud mental de Sacyl en San Antonio Abad.
Esta profesional es una de las piezas del engranaje que forma el equipo multidisciplinar para atender a los pacientes psiquiátricos. «Nuestro objetivo es promover la salud mental utilizando todos los dispositivos a nuestro alcance, no sólo las pastillas», precisa. Efrén necesitaba una «rutina estructurada en sueño, comidas, ejercicio físico y medicación» pues, como apunta la enfermera, «la salud física y la mental están muy relacionadas». Lo primero era encontrar un lugar donde vivir con ayuda. ALFAEM ofreció una de sus plazas en la red de alojamiento para personas con enfermedad mental.
Para completar el ‘tratamiento' había que buscar también una ocupación. El centro de rehabilitación psicosocial de San Juan de Dios, el dispositivo más indicado para su perfil en aquel momento, tenía lista de espera y le hicieron un hueco en el centro ocupacional de ALFAEM. Desde entonces, «sus hábitos han dado un vuelco», afirma Vanesa Granja, trabajadora social y coordinara de la red de viviendas de ALFAEM. «¡Quién te ha visto y quién te ve, Efrén...!», le dice.
La monitora programa diariamente las tareas con el grupo entre las 8 y las 9.30 horas de la mañana. Entre las 10.15 y las 13.45 horas va al centro ocupacional, luego come en el piso con sus compañeros —cocinan la noche anterior— y por la tarde pasea. Preparar los pastilleros, hacer la lista de la compra y las cuentas son parte de las rutinas. También hay tiempo para ver la televisión, jugar a las cartas o sacar algún DVD en la biblioteca.
«La convivencia es buena, nos vamos conociendo y sabemos lo que nos gusta o molesta. Yo solo no hubiera podido salir adelante», admite Efrén Alonso. Quisiera borrar su pasado: «Ahora soy feliz sabiendo que no me tengo que meter nada. La droga es una cárcel». Y, como apunta la trabajadora social de ALFAEM, «tiene un proyecto de vida».
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